martes, 5 de agosto de 2014

EDUCACIÓN PÚBLICA DE CALIDAD: ¿QUÉ SIGNIFICA Y QUIEN LA QUIERE?


“Majestad, no hay un camino real (llano, fácil) para la geometría” 

Es más fácil impulsar causas que encuentran opositores que tratar de hacerlo respecto a aquellas que todos dicen respaldar. Así ocurre, por ejemplo, con el desarrollo sustentable y desde luego con la educación pública de calidad. Nadie podría oponerse a ella, al menos públicamente, pero las dificultades parten por el concepto mismo de educación, que implica más que la entrega de conocimientos y habilidades. La educación implica un vínculo con el pasado y la visión de un futuro deseable. Chile la tuvo en el pasado y ella se materializó en nuestras Escuelas Normales y Liceos, así como en las Escuelas de Minas o de Artes y Oficios, que alcanzaron altos niveles en su género y nos prestigiaron a nivel continental. Sin embargo, factores ideológicos y económicos, las luchas políticas  y el simple descuido, llevaron a su progresivo deterioro o desaparición, con la pérdida del capital cultural acumulado, en lugar de haber liderado el progreso del país. En consecuencia, el crecimiento poblacional y las crecientes demandas de instrucción por parte de la población, se tradujeron en un progresivo “adelgazamiento” de la educación pública en la segunda mitad del siglo pasado, acompañado de una desvalorización de sus certificados, la desaparición del clásico “bachillerato” y la pérdida de jerarquía de instituciones como el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. Basta visitar liceos como el Gregorio Cordovez de La Serena para calibrar el nivel de equipamiento que llegaron a alcanzar. Por otra parte, la lista de profesores y egresados de nuestra educación pública en esos años es testimonio más que suficiente de la calidad alcanzada.

¿Existe hoy un interés genuino por retomar el camino abandonado? Al respecto habría que reconocer que el valor de la educación a los ojos de nuestra población también se ha deteriorado mucho. El crecimiento económico de las últimas décadas y la adoración de las nuevas tecnologías ha restado valor a aquellos bienes que proporciona una buena educación: el disfrute de la lectura y el arte en general, el placer de una buena conversación o el interés de una simple reflexión desinteresada. Ello se expresa claramente en nuestros Malls, cuyos cines hoy sólo satisfacen las inquietudes de los niños

Por parte de los estudiantes, las expectativas respecto a una educación de calidad pueden ser algo ilusorias. Como señaló el geómetra citado, esa educación exige dedicación, reflexión, esfuerzo y disciplina, actitudes que no gozan de aceptación en estos tiempos tan proclives a las satisfacciones fáciles. Tampoco la concentración y paciencia que requiere el estudio puede competir con el atractivo inmediato de una manifestación o una “toma”. Por otra parte, los medios electrónicos los han acostumbrado a la dispersión mental, producto del continuo intercambio de múltiples mensajes y han sido entrenados para olvidar rápidamente la información recibida. Hoy, la meta ideal es más bien incorporarse tan rápido como sea posible al mercado del trabajo, ojalá a las profesiones mejor remuneradas, y la obtención de una “educación de calidad” como tal no parece atraer mucho interés.

Tampoco el mundo económico parece interesarse en una educación pública de calidad. Para aquellos niveles ejecutivos superiores que requieren mayor roce social, cuentan con el producto de los colegios particulares de elite, que ya reciben alumnos formados en el hogar en los códigos requeridos. Probablemente tampoco les resulte  atractiva la independencia intelectual de una persona efectivamente educada, que puede cuestionar muchos supuestos que son “artículos de fe”. En cuanto a la persona educada como consumidor puede ser un verdadero problema en cuanto a su mayor independencia respecto al consumo material. Por ejemplo, puede estar más preocupado de la calidad de los contenidos de los programas de TV que de contar con el último modelo de televisor “inteligente” o peor aún, puede preferir la lectura de un libro de segunda mano y tendrá poco interés en cambiar de auto cada año si el viejo sigue funcionando.

En cuanto al Estado, es evidente que su preocupación fundamental (más allá de su signo político) se sitúa en los aspectos económicos de su función de gobierno. Chile ha llegado a contar con notables economistas y financistas y son ellos los que generalmente ocupan los distintos ministerios. Es natural en consecuencia que se privilegien los aspectos económicos de cada actividad. En esas condiciones es difícil enfocar propiamente el tema de la “educación de calidad”, el que pasa a ser muy secundario respecto al manejo económico de la educación. Por otra parte, una educación de calidad seguramente resultaría costosa y poco atractiva para los economistas, tan acostumbrados a poner números a todo.

Finalmente, en cuanto a los profesores, siguen siendo válidas las repetidas historias reales (varias llevadas al cine) de aquellos que han logrado milagros en escuelas marginales y abandonadas, enfrentados al desinterés y hostilidad de sus propios alumnos y directivos, así como de la burocracia educacional. Esos profesores efectivamente educan, sin ser necesariamente pedagogos, porque logran inspirar por su liderazgo y convicciones (el “sol sobre nuestras cabezas” de la canción de Los Prisioneros). Aunque algunos usan tecnologías modernas, su base es antigua y permanente: la vocación de enseñar, el entendimiento de lo que enseñan y el deseo de cambiar el mundo donde más difícil es hacerlo. De maneras menos dramáticas, hay también muchos profesores dedicados, a la manera de los antiguos normalistas, que aplican los sabios y simples consejos de Gabriela Mistral, así como Directores con liderazgo y convicciones. Ellos deberían ser la base de cualquier cambio significativo hacia una educación de calidad. Sin embargo están en “el campo de batalla”, no en los círculos de poder, lo que hace muy difícil que sus visiones prevalezcan.

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